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domingo, 8 de julio de 2012

Crisis de alta montaña

Diez meses después de la rehabilitación de la senda, la satisfacción entre los vecinos de la zona es unánime

La torre del campanario sobresale entre el verde de los árboles del valle de Soto de Agues. En el pueblo apenas viven unos 150 vecinos todo el año y la calma es la tónica dominante. Solo los gritos de un par de niños dibujando círculos en la arena de la bolera rompen el silencio del pueblo. Y aunque pueda parecer lo contrario, aquí la crisis también ha llegado.

Enclavado en el Parque Natural de Redes, en el pueblo hay tres bares y otros tantos alojamientos rurales. El turismo es, junto a los trabajos del campo, su principal fuente de trabajo. A ellos el parón en el turismo rural, también les afecta. Aunque no se atreven a dar cifras, «se está notando».

Desde hace un año, a la crisis económica el pueblo suma otra polémica, la del hormigonado de la ruta del Alba. También conocida como las Foces de Llaímo, es uno de los principales atractivos turísticos del pueblo y de la zona. «Al principio había mucho revuelo, pero la gente no deja de venir porque se haya pavimentado el camino. Algunos montañeros que se quejan, pero el verdadero problema es la crisis», explica un hostelero que prefiere mantenerse en el anonimato.

En septiembre de 2011, el Gobierno asturiano concluyó la segunda fase de las obras de adecuación de los siete kilómetros de ruta. Los trabajos consistieron en el ensanchamiento del camino hasta los 2,5 metros y su acondicionamiento con una capa de base de zahorra y una solera de hormigón de quince centímetros en el tramo entre Soto de Agues y La Vega, que suma 5,1 kilómetros.

También se instaló una valla de madera que acompaña el recorrido. Los restantes 1,7 kilómetros, los que llevan hasta La Cruz de los Ríos, no están pavimentados, ni cuentan con vallado. Todavía no hay fecha, pero la previsión del Principado es «acondicionarlos». No habrá hormigón.

Satisfacción vecinal
Algunos montañeros critican el nuevo pavimento de la ruta. «Dicen que rompe la estética del paisaje y que al ser un terreno duro, se cansan más al caminar», cuenta Ángel, vecino del pueblo. Entre los coyanes, el respaldo al hormigón es unánime. «Entre el 90 y el 95% está de acuerdo».

«El camino se deshacía entero cuando llovía; ahora, es mucho más accesible para los ganaderos». Lo mismo piensa Belén. Tiene pastos en la ruta. La pista agiliza su labor. «Antes cuando resbalaba el ganado, muchas reses caían al río, ahora entre el hormigón y la valla ya no se cae ninguna».

La adecuación es una ventaja, dice Berta Suárez: «La mayoría de los turistas están contentos. Ahora se puede visitar con carritos y sillas de ruedas y el entorno natural no se ha resentido tanto. Además, está suponiendo un ahorro, porque antes cada vez que llovía tenían que reparar el camino». 

Entre quienes vienen para hacer la ruta, está Tomás. Lo hace sobre dos ruedas. «Para andar con bici está muy bien, el único problema que tiene es que es muy corta». José Fernando, exguarda forestal, no entiende las protestas de los ecologistas. «Caminos para subir al monte hay muchos. La gente solo se queja por éste, pero nadie va a rozar otros».

«La mejor solución ha sido el hormigón, pero lo que no se puede es vender un destino como paraíso natural y luego pavimentar las rutas», lamenta un hostelero. Asegura estar «de acuerdo» con la decisión, pero entiende que para caminar por una senda hormigonada «muchos pueden preferir quedarse en su casa».

*Publicado en 'El Comercio' el domingo, 8 de julio de 2012

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